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El regalo de la tía

Escribe Malena Lugones Cristoforetti tiene 11 años y vive en Flores.

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Escribe Malena Lugones Cristoforetti (*)

Florencia, la hermana de Damián, le regaló a él y a sus hijos, Cecilia y Ramiro, un juego que había comprado en un extraño local. Ella no sabía de qué se trataba el objetivo, pero lo que sí sabía era que los chicos se divertirían mucho. Damián le agradeció varias veces, pero realmente no le dio mucha importancia y lo guardó en un espacio escondido del placar de su habitación.

Un feriado lluvioso la familia no sabía qué hacer y todos los lugares donde se les ocurría visitar estaban cerrados. No tenían muchos juegos de mesa, y los pocos que había eran aburridísimos. En ese momento, Damián recordó el misterioso juego que la tía les había regalado.

Buscaron y revolvieron en el placar y finalmente lo encontraron. Estaba lleno de tierra y escondido debajo de ropa vieja. Cuando lo abrieron, vieron peones de diferentes colores. Cecilia eligió verde, Ramiro el rojo y Damián el amarillo, y los ubicaron en el casillero de “salida”. En toda la casa se oyó una voz de hombre, no sabían de dónde venía, pero decía:

-Hoy sus habilidades se van a probar, en una misión que tendrán que lograr. Si no pueden escapar en 24 horas, la muerte tendrá que enfrentar.

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Los tres, en vez de estar sentados en el sillón, estaban en medio de un bosque siniestro. En el suelo se veían los casilleros como los del tablero, los árboles y el paisaje. La voz se escuchó nuevamente:

-A la cima de la montaña deberán llegar, la gema alzar y al sol mostrar.

Trataron de pensar dónde estaban y qué les había pasado. Pero un rinoceronte apareció detrás y los persiguió. Corrieron entre las plantas huyendo, pero el animal no les quitaba la vista de encima. Se escondieron en una cueva oscura. Un gran rugido retumbó en toda la cueva. ¡Era un dinosaurio! El rinoceronte y el tiranosaurio Rex se empezaron a pelear. Aprovecharon para escapar y luego de correr, se sentaron al lado de un árbol para descansar.

– ¡¿Dónde estamos?!- preguntó alertado Ramiro.
-No se asusten, pero creo que estamos dentro del juego- dijo Cecilia.
– ¿Qué? ¿Cómo vamos a estar dentro de un juego? – comentó Damián.

Un conejito muy tierno se asomó detrás de un arbusto. Como les parecía adorable, se acercaron y lo acariciaron. Pero se dieron cuenta que eso fue un error; a unos pocos metros apareció un monstruo gigante parecido a un conejo, pero con dientes y garras filosas. ¡Era la mamá del pequeño animalito! Corrieron y corrieron, ya estaban agotados. Pero un rugido feroz del dinosaurio que había luchado antes con el rinoceronte se escuchó en todo el bosque. Los conejos huyeron aterrados.

-Sí, definitivamente estamos dentro del juego. -admitió el padre de los nenes.
-Pero se ve que todos los animales le temen al dinosaurio- dijo Ramiro.
-Tenemos que evitar encontrarnos con ese monstruo. -acotó Cecilia.

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Caminaron durante horas. No les faltaba mucho para llegar a la cima de la montaña. Se acordaron de lo que la voz siniestra les había dicho, que tenían 24 horas para mostrar la gema al sol. Ramiro preguntó qué gema tenían. Damián no se había dado cuenta que había una mochila con varias cosas, y detuvieron la caminata para revisarla. En su interior había botellas de agua, frutos secos, una soga, una espada, una carpa, ropa, cuchillos, un mapa y la gema. ¡Más que una mochila parecía el bolso de Mary Poppins! Si necesitaban algo, ya sabían dónde buscar.

Debían escalar la montaña, y para eso necesitarían la soga. Había como unos huecos que facilitaban la subida, pero aún así, era una misión extremadamente difícil. El plan era que Damián subiría primero, ataría una soga a algún lugar seguro y sus hijos se ayudarían trepando. Damián tardó unos minutos en subir, pero como era alto y ágil, podía estirarse y así llegar hasta arriba. Ató la soga a una roca que se veía bastante segura, y Cecilia y Ramiro comenzaron a subir.

Ramiro tenía fobia a las alturas, pero hizo un esfuerzo sin mirar hacia abajo y enfrentó sus miedos. Los niños tenían las manos sudadas y muy raspadas; les costó mucho subir, pero lo lograron victoriosamente.

Tan solo tenían que sacar la gema de la mochila y levantarla, pero no fue un trabajo tan fácil ya que el dinosaurio que había espantado a los demás monstruos agarró con sus dientes el bolso que Damián había dejado en el piso para tirar de la soga. Afortunadamente, la espada había caído al piso, entonces el papá de los chicos la tomó y combatió al monstruo.

Estaba aterrado, pero con valor lo ahuyentó. Agarraron la gema que cayó entre las piedras y la alzaron. De un momento al otro, ya no estaban más en el juego, sino en su hogar. ¡Habían logrado la misión! Se dieron un abrazo muy fuerte, felices de haber vivido semejante aventura en el barrio de Flores.

(*) Malena Lugones Cristoforetti tiene 11 años y vive en Flores.

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