Hubo una época gloriosa donde Flores fue un territorio elegido por las familias ricas para instalar sus casas y palacios de verano. Estos terrenos, alejados del bullicio urbano, eran un lugar donde levantaron algunas de las edificaciones más hermosas que tuvo la Buenos Aires del siglo XIX. Estas quintas eran exponentes de la pujante generación del 80, una poderosa minoría que soñaba con el progreso y la modernización, identificándose con los modelos anglofranceses, marcando así su supremacía.
La columna vertebral de estas propiedades era el Camino Real, la actual Avenida Rivadavia que extendía su recorrido desde la ciudad de Buenos Aires, pasando por Luján, hasta la ciudad de Mendoza. Con el correr de los años, apareció otro eje central que marcaría la ubicación de muchas quintas: la vía del ferrocarril, el símbolo máximo del progreso y la conexión más rápida con la capital.
En muchas esquinas donde hoy hay comercios, existieron algunas de las quintas más impresionantes. Por ejemplo, la quinta de la familia Unzué se ubicaba en la esquina de Rivadavia y Pumacahua (donde hoy hay un banco). Adquirida en 1853, fue el lugar elegido por Justo José de Urquiza para instalarse cuando decidió ubicar su cuartel en el entonces pueblo de San José de Flores. Desde allí promulgó la Constitución Nacional y se firmó el Tratado de Libre Navegación de los ríos Paraná y Uruguay.
Si nos trasladamos a la esquina de Av. Rivadavia y Boyacá, nos encontraríamos con la quinta de Juan Nepomuceno Terrero, uno de los hacendados más importantes de la provincia de Buenos Aires en el siglo XIX. Nombrado Juez de Paz de San José de Flores, Terrero fue uno de los vecinos más reconocidos del pueblo. Su quinta, ocupaba nada más ni nada menos que 40 hectáreas, limitadas por las actuales Av. Rivadavia, Donáto Álvarez, Av. Gaona y Boyacá. Este lugar fue de vital importancia; allí se firmó el Pacto de San José de Flores el 11 de Noviembre de 1859, a través del cual Buenos Aires se comprometía a ingresar a la Confederación.
Otra propietaria destacada fue Inés Indarte de Dorrego, sobrina del Coronel Manuel Dorrego. Su casa tenía nombre propio, “Santa Inés” y se ubicaba sobre la actual esquina de Rivadavia y Gavilán (donde hoy hay un local de Freddo). Esta misma propiedad recibió a Justo José de Urquiza tras la Batalla de Cepeda.
La quinta de Justa Visillac de Rodríguez, otra pieza fundamental en esta historia. En esta casa, ubicada en la actual esquina de Rivadavia y Bolivia, se decidió reunir a una Convención Constituyente para discutir la futura Constitución Nacional.
Así mismo, otras casonas, de menor tamaño pero de igual relevancia se fueron ubicando a los laterales de la vía del tren, símbolo del progreso durante el siglo XIX y la conexión con la ciudad. La ya mencionada propiedad de Terrero, la propiedad del Numismático Alejandro Rosa (en Fray Cayetano al 200), “La Antonia” (en Terrada al 200) o la más conocida, la ex quinta Marcó del Pont. En este grupo hay una más, el actual colegio Fernando Fader, originalmente llamada “Las Lilas”. Este hermoso edificio destaca por su arquitectura y perteneció a un funcionario del ferrocarril del Oeste; Mr. Agar. En sus salones se reunieron las grandes familias de la sociedad capitalina y también fue sede del Club Social de Flores.
Cabe mencionar que las quintas no siempre se ubicaron en las cercanías de la vía del ferrocarril. “La Moyosa”, la quinta de la familia Muratore, se ubicaba en la actual Plaza Misericordia. El nombre deriva del apodo de la hija mayor de la familia. Desde afuera se veía la hermosa e importante arboleda que asomaba a la reja perimetral. La casona estaba en el centro del predio, que tenía su entrada principal a mitad de cuadra por Directorio, exactamente donde hoy confluyen el camino central y los pocos escalones de acceso. Por Bilbao otro portón se abría a los carruajes familiares y proveedores. Los estilos arquitectónicos de estas propiedades han variado de acuerdo a las modas y gustos de la época.
El eclecticismo, el academicismo y sobre todo el estilo italianizante fueron los elegidos para estas propiedades. La disposición misma de las edificaciones cambia de acuerdo al estilo. Lo más común eran las casonas con un gran parque alrededor, pero otras como la Marcó del Pont, preferían las plantas en forma de U o L.
Sin embargo, casos como “las Lilas”, rompían el patrón utilizando un estilo Tudor, típico de Inglaterra. Es interesante, además, que estas casas son un tema que sigue fascinando a vecinos y extranjeros. Uno de los misterios más grandes que envuelve a estos edificios son sus túneles secretos, los cuales son muy difíciles de investigar. en los sótanos habría pasadizos no abiertos al público que recorren varias cuadras bajo tierra llegando hasta la Basílica. Según se cuenta, en uno de ellos todavía están en las paredes los grilletes que se usaban para los esclavos a finales del siglo XIX. La hipótesis que sostiene el folklore florense es que todos terminaban su recorrido en la Basílica y que cada palacio construía el suyo.
Es decir existía un “túnel madre” que llegaba a la iglesia y a partir de este se abrían “brazos”. El gran enigma era para qué se utilizaban. Hay dos teorías; una sostiene que tenía una función política, ya que ayudaban a escapar de los malones que asediaban la zona y permitía el refugio en la iglesia. La otra teoría afirma que eran utilizados por los dueños de los caserones para dirigirse a los mismos, ya que al ser, la gran mayoría, extranjeros de mucho dinero, no les interesaba mezclarse con el resto de la sociedad.
Hoy, algunas de estas propiedades sobreviven al paso del tiempo se mantienen en pie entre medio de edificios nuevos y en constante cambio.
Para algunos son una parte más del paisaje cotidiano, para otros que prestan un poco más de atención, son una reliquia arquitectónica. Sin embargo, para todos los vecinos de Flores deberían ser un vestigio de la historia del barrio y de una época en donde estas mismas calles fueron escenario de la formación de la historia argentina.






