El Sol que soñó Flores

Un cuento basado en hechos históricos y datos reales, donde los orígenes del barrio de Flores se funden con la ficción. En el marco del 220° aniversario de nuestro barrio, revivimos la historia de Don Juan Diego Flores, la compra de aquellas primeras tierras buscando el sol y el loteo que dio inicio a nuestro pueblo.

Había una vez un niño que vivía en un barrio muy nublado. Como su familia era adinerada, él debía asistir junto a ellos a bailes y reuniones donde el sol ni se asomaba. Esta situación dejaba muy triste al chico, llamado Juan Diego Flores.

El sentía que siempre estaba bajo techos y luces ficticias. Muy rara vez había percibido el calor del sol en su piel descubierta de ropas. Por este motivo, cuando creció, decidió aprovechar la fortuna de sus padres para comprarse un terreno. Pero no cualquier terreno, buscaba uno que tuviese pleno sol durante todo el día.

Su objetivo era cosechar alimentos y criar ganado para luego exportarlo. Él sabía que con buen sol los vegetales crecerían mejor y las vacas y ovejas, más felices y tiernas. Sin embargo, fue una tarea difícil encontrar un espacio tan soleado y grande, como deseaba el hombre. Además, tenía que estar libre de casas e industrias y cumplir con el requisito de aire fresco.

Un día, cuando estaba de camino a Luján, a Juan Diego, que era tan serio como lo retrataban en cuadros, se le escapó una sonrisa. Con una felicidad que nunca había gozado, levantó su cabeza al cielo y se deslumbró con aquel sol.

– Frenamos acá, chofer, – ordenó el hombre, que aunque intentaba mostrarse apacible, las mariposas dentro de su estómago revoloteaban enamoradas. Por supuesto que no de una mujer, ya que él estaba casado para esa época, sino que enamorado de ese magnífico terreno.

Fue en ese momento que el chofer intentó reprimir su risa, al ver a su patrón tirado en el césped con los brazos abiertos.

¿Cómo no iba a hacer un control de calidad solar antes de comprar semejante terreno?

A la semana, luego de un par de trámites, él adquirió el título de propietario. Nunca se supo a cuánto se lo cobró Mariana Fernández de Agüero en 1776, pero sí la longitud y ancho de la chacra. Se trataba de 500 varas (443 metros, de frente al Riachuelo) por una legua (5192 m, de fondo). Por lo tanto, se puede decir que consistía en una finca de 2.249.868 metros cuadrados. La gente lo consideraba un loco por invertir su dinero en ese espacio y sobre todo, por la respuesta que él les daba a sus preguntas entrometidas.

– ¡Lo compré por el sol!- exclamaba él como si se tratara de una comedia musical.

– ¿Querés estar bronceado, no?- lo burlaban los envidiosos.

– Claro que sí, ¡más no lo he comprado por eso! Siembro, cuido a mi ganado, cosecho las más exquisitas hortalizas y vendo los mejores productos a un precio que me deja más ganancias de las que esperaba. Eso se debe a que el sol brilla con más intensidad, pero no de una manera abrasadora como en otros terrenos. Además, no se crean que no llueve. Por supuesto que sí, aunque, para placer mío, hasta en aquellos días tormentosos sale al menos un minuto el sol, – explicaba Juan Diego.

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De todos modos, las personas de su círculo seguían sin verle el potencial del que él hablaba. O quizás, suponían no creerle por culpa de sus celos al éxito ajeno. Una vez que el negocio comenzó a dar sus frutos, su esposa le hizo una pregunta, que aunque no lo sabía, cambiaría por completo la historia de la Ciudad de Buenos Aires.

– ¿Qué te parece si adoptamos un hijo, mi querido Girasol?- Ella siempre se refería a su marido como Girasol porque al apellidarse Flores y estar en la búsqueda constante del sol, era el apodo más cariñoso habido y por haber. La mujer era la mano derecha del señor y lo apoyaba en sus decisiones, a diferencia de sus otros conocidos, que, como ya saben, no hacían más que cargarlo y envidiarlo.

– Sí, es una buena idea. Hay tantos orfanatos llenos de niños pobres. Iremos mañana por la tarde, – propuso Juan Diego.

Así fue como adoptaron a un jovencito llamado Ramón Francisco. Inmediatamente, sin tantos papeleos como se acostumbra hoy en día, Ramón pasó a apellidarse Flores y a vivir y trabajar la tierra junto a su nueva familia. Él encontró amigos en los campesinos asalariados de su chacra y hasta con las gallinas y caballos solía conversar.

Orgulloso de sus habilidades sociales, su papá intentaba inculcarle cada día el esfuerzo que le dedicaba a su proyecto. El arte de organizar, comerciar y a veces, ensuciarse las manos como esclavo, fueron los pilares que Juan Diego Flores deseó transmitirle a su heredero hasta el último día de su vida, en 1801.

Sin embargo, Ramón Francisco, a medida que fue madurando, entendió que el mejor ejemplo que podía seguir de su padre adoptivo era el de inventar sus propias reglas del juego. Así como a Juan Diego no le había importado la opinión de los demás, al chico, tampoco.

Y aunque estaba súper agradecido con su mamá y papá, no pensaba en continuar con el negocio familiar. No quería seguir vendiendo ganado, ni cereales, ni vegetales, aunque crecieran fuertes gracias al sol. Sentía que lo había adoptado aquella familia con chacra para un propósito mayor que ser uno más del modelo agroexportador.

Por lo tanto, de 1801 a 1806, el muchacho ideó y concretó su propio proyecto, con la ayuda de un hombre algo mayor que él, Antonio Millán, quien era el apoderado de la familia Flores.

– Tenemos que comenzar a lotear el terreno y vender parcelas a ambos lados del Camino Real, –propuso Ramón Francisco.

– Déjame que yo me encargo, – asintió Antonio, contento de formar parte del loteo.

Ambos, dividieron aquella chacra entre 200 a 450 quintas grandes y se las vendieron a familias ricas. Muchas de ellas estaban encabezadas por hombres que creían loco a Juan Diego Flores cuando él había comprado la finca en 1776. En este momento del relato, sin embargo, adoraban tener una casa con huerta, frutales y gallinero a 1-2 horas a caballo desde Plaza de Mayo. Además, se sentían similarmente afortunados a Juan Diego por poseer el Sol de allí. Españoles, genoveses e ingleses adinerados compraban quintas de 1-2 hectáreas para producir y por qué no, veranear.

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Aun así, Ramón Francisco todavía no estaba conforme con sus ventas y quería convertir el espacio en el que se había criado en un lugar para que viviese más gente.

– ¿Y si creamos un pueblo?, se iluminó el hombre, claro está, por el sol de aquella mañana.

– Me sumo, – respondió Millán, quien nuevamente, apoyaba a Ramón tanto como la esposa de Flores al mismo.

– Para eso vamos a donar 3 manzanas,- agregó- . La primera para la Iglesia parroquial, la segunda para la Plaza y la tercera para los mataderos, es decir, para abastecer de carne a los vecinos, – le dijo Antonio a Ramón, que estaba muy abierto a escuchar las ideas del administrador.

El rumor de un nuevo pueblo en Buenos Aires circuló rápidamente y muchas personas se asentaron en el mismo, convencidas del bienestar personal y económico que el sol irradiaría sobre sus cabezas, al igual que con Juan Diego Flores.

Muchos no podían creer cómo Ramón Francisco había preferido lotear la chacra que quedársela entera para él. De todos modos, su esfuerzo y el de Millán habían valido la pena. El 31 de mayo de 1806 se creó el Curato de San José de Flores ya que un obispo, llamado Benito Lué lo erigió tras la aprobación del Virrey Rafael de Sobremonte. Así, se construyó la primera capilla a finales de 1806.

Para Ramón, era increíble observar la urbanización del terreno al que una vez había llegado por pura casualidad, cuando salía del orfanato sujetando la mano de su mamá adoptiva. Sus amigas, las gallinas, ya no cacareaban mientras él recogía sus huevos. Todo había cambiado, y seguiría haciéndolo. Más y más personas, de clase media en vez de aristócratas, llegaron al pueblo, una vez que aquellos lotes grandísimos volvieron a subdividirse. Para ese momento, cualquiera anhelaba el sol de Flores. Ese majestuoso sol que más tarde iluminaría al Papa Francisco, a muchos escritores y poetisas, como Arlt y Storni, y artistas plásticos como Roux y Rovira, entre otros.

Este mes de mayo, festejemos el cumpleaños número 220 de nuestro querido barrio, aunque el proyecto personal de Flores haya comenzado algunas décadas más atrás. Festejemos con la conciencia de buscar siempre el sol, porque, de contrario, si dejamos escapar los rayos de sol construyendo miles de edificios en lugar de casas bajas, éste no iluminará más a los vecinos florenses que sueñan despiertos.

(*) Este cuento es una versión libre, basado en hechos y datos reales.

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