Tres iglesias y un Papa
Desde su primera capilla en 1806 hasta el imponente templo actual que albergó la vocación del Papa Francisco. Un recorrido cronológico por los tres edificios que marcaron la historia de la Basílica de San José de Flores y acompañaron el crecimiento del barrio.

No muchos saben que el imponente templo de columnas estilo corintias actual de nuestra basílica fue inaugurado recién en 1883, el mismo año que el pueblo de Flores alcanzó el rango de ciudad. Este no fue el primero, ni tampoco el segundo edificio. De hecho, la capilla original ni siquiera estaba ubicada sobre la Avenida Rivadavia, antes llamada El Camino Real.
El primer templo data de 1806, y fue el paso inicial para fundar el pueblo de Flores. El dueño de las tierras de lo que hoy es el barrio fue Don Juan Diego Flores (las había adquirido en 1776 por 500 pesos de plata), quien al morir en 1801, las dejó en herencia a su hijo adoptivo Ramón Francisco, y éste en el año 1805, siguiendo el consejo de su administrador Antonio Millán –amigo y albacea de su padre adoptivo- decidió fraccionar la parte central de su propiedad, la cual era atravesada por el camino Real, en pequeños lotes para lograr una venta más productiva.
Con la autorización del virrey Sobremonte, el 31 de mayo de 1806 se dispuso construir una capilla que fuera cabecera de una nueva parroquia dedicada al patrono San José. Para identificar el paraje se le agregó “de Flores”, ya que, a falta de otras referencias. Finalmente, en el mes de noviembre se comenzó a levantar el primer oratorio del nuevo curato sobre la actual calle Rivera Indarte, con frente al este: se trataba de una precaria construcción de doce varas de largo, cubierta de azotea con tirantes de lapacho, alfajías de cedro; dos puertas y una ventana. gencias de su destino. Al poco tiempo comenzó a mostrar filtraciones de agua y graves rajaduras en sus paredes, lo que amenazaba la seguridad de los pocos devotos que lo frecuentaban.
El padre Simón de Bustamante fue el primer sacerdote interino, y dos años después, el padre Miguel García quien consiguió una donación de doce mil ladrillos de primera calidad por el propio Ramón Francisco Flores.
Sin embargo, los habitantes del barrio eran de bajos recursos y el padre poco pudo hacer con el dinero obtenido. El 19 de febrero de 1810 comenzaron a realizarse los cimientos de la nueva Iglesia, en una extensión aproximada de “8,5 varas de frente por 20 de fondo”, pero el 12 de mayo de ese mismo año los trabajos tuvieron que suspenderse por falta de fondos. Casi un año después, se recomenzaron las obras, quedando nuevamente suspendidas el 10 de mayo. Al no lograr darle término, el presbítero García se vio obligado a establecer la Iglesia en uno de los corredores contiguos al edificio en construcción, y durante dos décadas se mantuvo en ese lugar.
En 1823, el gobierno de Bernardino Rivadavia resolvió por decreto emprender la terminación del templo, proyecto que nunca se concretó. Fue así que los padres Manuel José de Warnes, José Ignacio Grela y Nicolás Herrera heredaron un templo a medio construir. Este último llegó en 1824. Para entonces la capilla resultaba pequeña y los vecinos -no obstante las cuatro misas del domingo- quedaban fuera sufriendo las inclemencias del tiempo.
Segundo templo
En febrero de 1830 a Herrera lo había sucedido el doctor Martín Boneo. El nuevo párroco dedicó sus esfuerzos a edificar una nueva iglesia y en sólo dos meses consiguió entusiasmar a los vecinos, que apoyaron sus propuestas abriendo una suscripción pública en todo el partido. El juez de paz resolvió destinar los importes de las multas a los contraventores y los feligreses más humildes ofrecieron su trabajo personal, cal, leña, pan, adobes y pequeñas sumas de dinero. Nombró como síndicos de la obra a los terratenientes Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego y poco después obtuvo la solidaridad del gobernador Juan Manuel de Rosas, a quien nombró padrino del templo y quien jugaría un papel decisivo para su concreción. Detrás de Rosas siguió toda la sociedad porteña que rivalizó en distintas donaciones para la nueva iglesia, desde dinero hasta ladrillos, rejas, verjas, puertas de cedro, manteles o alfombras. El ingeniero español Felipe Senillosa (1783-1858), autor de los planos, tomó la dirección de la obra en forma totalmente gratuita. La iglesia tenía un largo de 36 metros por 15 de ancho y una altura de 8. Se inauguró el 11 de diciembre de 1831 con grandes festejos populares que se prolongaron durante toda la semana. Lo consagró el obispo Medrano con la presencia del gobernador Juan Manuel de Rosas y ofreció la primera misa el doctor José María Terrero. Todavía faltaba terminar el pórtico y la segunda torre, que se concluyeron en 1833.
El altar mayor fue realizado con sobras del de la Catedral, valiosas tallas esculpidas por Isidoro Lorea que se adaptaron en forma armónica. En el interior del templo existía un hermoso reloj de pie proveniente de Liverpool, Inglaterra, obsequio de Juan Manuel de Rosas, quien, dicho sea de paso, asistió a la colocación de la piedra fundamental. En el frontispicio del templo podía leerse la siguiente leyenda: “Construido bajo los auspicios del Exmo. Restaurador Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas”, frase que recordaba el notable apoyo recibido y que, curiosamente, no fue retirada después de Caseros sino en 1857 al refaccionarse el edificio.
Último edificio
En abril de 1878 se hizo cargo de la Parroquia el padre Feliciano de Vita, quien encaró la construcción de un nuevo templo para reemplazar el edificado por Senillosa ya que, al aumentar la población con la llegada del ferrocarril, resultaba pequeño y además desentonaba en un ambiente de euforia modernista, donde acaudaladas familias de la ciudad habían construido lujosas casaquintas y cuidados jardines. Los arquitectos italianos Benito Panunzi y Emilio Lombardo se adjudicaron la obra cuya construcción estuvo a cargo de Andrés Simonazzi y Tomás Alegrini.
Así fue como el arzobispo Federico Aneiros pudo colocar la piedra fundamental del nuevo edificio el 4 de mayo de 1879. Se proponían erigir un templo con una extensión de 65 metros de largo por 22 de frente. El 18 de febrero de 1883, después de 3 años y 9 meses, la actual Iglesia de San José de Flores con columnas estilo corintias y representaciones de los apóstoles fue inaugurada en medio de una gran celebración.
El 28 de octubre de 1956, la imagen de San José que preside el altar mayor del templo, recibió la coronación pontificia, por especial distinción del papa Pío XII, inaugurándose al mismo tiempo el Camarín de San José y el Bautisterio.
Últimas reformas y actualidad
Entre los años 1996 y 1997 se realizó una serie de tres pinturas a cargo de artistas ucranianos y una restauración general de la Basílica, que fue declarada Sitio de Interés Cultural en 2006, en su bicentenario.
Bajo la coordinación del Padre Gabriel Marronese, entre los años 2014 y 2015 gracias al programa de mecenazgo auspiciado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se ejecutó la restauración integral del templo en su interior, restaurando tanto las pinturas como el interior de la cúpula central. En el marco de la puesta en valor de los Pasajes Salala y Espejo, en 2016 se realizaron las obras de remodelación del atrio, que fue bendecido por el Monseñor Giobando, y la incorporación de una rampa de acceso para personas con dificultades de motricidad.
El 21 de septiembre de 2016 se inauguró el “Espacio Papa Francisco”, ya que la Basílica fue el templo donde un joven Mario Bergoglio decidió su vocación sacerdotal. El artista plástico Pablo Solari pintó dos cuadros recreando dos momentos importantes en la vida de Francisco: uno lo muestra en una procesión frente a la Basílica y el otro en la Plaza San Pedro de Roma. Por otro lado, hace 30 años que funciona en la iglesia un comedor comunitario que provee ropa y alimentos a cientos de personas en dos turnos, sobre la calle Ramón L. Falcón. La última puesta en valor del templo, se realizó en marzo pasado cuando se puso en valor el campanario y se recuperaron los antiguos relojes alemanes que volvieron a dar la hora y a sonar junto a las campanas. Una gran obra financiada en un 100% por los vecinos fieles católicos.





