Los “Rompe Barrios”: La infraestructura y el comercio que ahogaron a Flores

Escribe Roby D´Anna
Flores tiene historia, ubicación estratégica y potencial. Alguna vez fue el refugio de veraneo de la aristocracia porteña y un modelo de trazado residencial. Sin embargo, su crecimiento como polo habitacional y comercial propio se estancó hace décadas. A Flores lo partieron al medio, literal y metafóricamente.
Existen factores estructurales –“rompe barrios” puros- que modificaron su fisonomía, expulsaron a los vecinos de toda la vida y convirtieron amplias zonas en lugares de paso. Son espacios donde un público flotante masivo llega, ensucia, satura la infraestructura pública y se retira sin dejar un peso en la economía local. El barrio funciona hoy como el escenario de un negocio ajeno, que poco le deja al barrio. Unos pocos se llevan las ganancias.

El Centro Comercial Avellaneda: El gigante que se devoró a Flores Norte
Según fotos aéreas de Google, desaparecieron en Flores y Floresta cerca de 100 manzanas, hasta estos días. Avellaneda erosionó la población de Flores desde su inicio. Sin árboles ni espacios verdes, con evasión impositiva, sin chicos, sin vecindad, sin cultura, sin deportes, sin diversión, sin gastronomía, sin vida nocturna, sin escuelas, sin espacios para la 3ra edad. En fin, nos dejó la nada misma. Una gran estructura de persianas, otro cementerio…
La expansión descontrolada del polo textil sobre arterias hasta Gaona aniquiló el tejido residencial de la zona norte e impuso un monocultivo comercial, que nada aporta a los vecinos florenses.
Cientos de casas históricas y propiedades familiares fueron demolidas para levantar galerías y persianas ciegas que funcionan exclusivamente como depósitos clandestinos o talleres. El resultado es un barrio fantasma después de las 18:00 horas, donde la seguridad desaparece junto con la luz solar. Este modelo expulsa al residente permanente: los comercios esenciales de cercanía, como panaderías, ferreterías o farmacias, terminan cerrando porque no pueden competir con los precios inflados de los alquileres comerciales que pagan los mayoristas textiles.
A esto se suma el caos logístico. El modelo de negocio atrae a un público “turista”: el comprador viaja en tours de compras desde el conurbano o el interior, estaciona combis en doble fila, carga la mercadería y se va. No se sienta a comer en los polos gastronómicos del barrio ni utiliza los servicios locales. Deja a su paso veredas intransitables, tensión constante en el espacio público y montañas de cartón y nylon que colapsan los contenedores cada tarde. Avellaneda usa a Flores como plataforma de extracción, pero no le aporta valor a su ecosistema urbano.

La cicatriz de hierro: El Tren Sarmiento
El ferrocarril atraviesa el corazón del barrio, pero, paradójicamente, no le pertenece a los vecinos. Actúa como un muro de contención físico que divide tajantemente el norte del sur, generando dos realidades inmobiliarias distintas y cuellos de botella insoportables. Las barreras obligan a vehículos y peatones a perder horas de vida frente a las vías.
Los datos de movilidad exponen la realidad de esta infraestructura: el flujo fuerte del Sarmiento consiste en trasladar a millones de pasajeros desde el Conurbano Oeste hacia la terminal de Once. Para moverse hacia el centro de la Ciudad, el habitante de Flores no usa el tren; usa la Línea A y la línea 132. La inauguración de las estaciones San José de Flores y San Pedrito en 2013 —que sumaron más de 35.000 pasajeros diarios a la red de subtes— demostró que la verdadera movilidad local pasa por debajo de la Avenida Rivadavia.
La eterna y frenada obra del soterramiento del Sarmiento dejó una herida abierta. El tren hoy no representa un servicio estratégico para el residente; es un obstáculo de hierro que fracturó el territorio y bloquea el desarrollo equitativo del barrio. En suma, como el Centro Comercial Avellaneda, no le aporta ingresos al barrio.

El techo de cemento: La Autopista 25 de Mayo
El último “rompe barrios” es el legado de las topadoras del plan de autopistas urbanas de Osvaldo Cacciatore en la década del 70. La Autopista 25 de Mayo (AU1) atravesó Flores Sur de manera compulsiva, demoliendo manzanas enteras, rompiendo la cuadrícula histórica y dejando a su paso zonas oscuras, galpones y espacios degradados bajo sus viaductos que actúan como fronteras invisibles.
El absurdo de esta infraestructura monumental es total: la mole de cemento cruza por encima de las cabezas de los vecinos, pero les da la espalda. Si un residente de Flores Sur necesita subir a la vía rápida para ir a trabajar al centro porteño, no puede hacerlo en su propio barrio.
Está obligado a manejar en dirección contraria, alejándose hacia Parque Avellaneda, para lograr acceder recién en la subida de Lacarra y Dellepiane. Partieron el sur de Flores al medio para que los vehículos pasen de largo a 100 kilómetros por hora, expropiando el cielo y la luz natural sin dejarle al barrio un solo acceso funcional.
Una obra pensada para conectar la ciudad, que terminó desconectando a los vecinos de su propio entorno.
En suma, los “rompe barrios”, siguen haciendo de las suyas ante la pasividad del vecino y sus representantes, que poco hace para cambiar la situación y se recluyen en los pocos oasis que le quedan a San José de Flores, que el mes próximo cumple 220 años.





