«Hoy, callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado”. Así comienza la nota “Molinos de Viento en Flores”, que el gran Roberto Arlt publicaba en el diario El Mundo el 10 de setiembre de 1928. Hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Lobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana, nació el 26 de abril de 1900 en La Piedad 677 – hoy en día Bartolomé Mitre -, pero vivió toda su infancia en Flores, donde la familia se mudó poco después.
La casa ubicada en Méndez de Andes 2138 lo albergó por lo menos hasta que cumplió dieciséis años. Incluso después, ya casado, vivió un tiempo en otro inmueble al que se mudaron sus padres, que estaba exactamente a una cuadra del anterior, en la calle Canalejas 2137 – actual Felipe Vallese -. Allí falleció Karl Arlt en marzo de 1927.

Flores fue el barrio donde formó su educación, su estilo, e incluso donde vendió su primer escrito. En 1906 comenzó la primaria en la Escuela N° 12 de la calle Paramiribo 610, a pocas cuadras del barrio, y ya daba sus primeros síntomas de que no sería un hueso fácil de roer, por lo que tuvo que cambiarse en varias ocasiones. Asistió a la escuela N° 1 General Justo José de Urquiza, ubicada en el corazón de Flores, en Yerbal 2368, donde repitió terceros y en 1913 fue anotado en la escuela número 17, que se ubica sobre la calle Franklin, a metros de Trelles, donde cursó y aprobó quinto grado. Desde muy chico visitaba la librería de los hermanos Pellerano, donde con tan solo 8 años conoció a un distinguido vecino a quien le vendió un cuento por cinco pesos. “Ese fue el primer dinero que gané con la literatura”, recordaría años después.
A los 26 años de edad publicó su primer novela, El Juguete Rabioso, en 1929, Los Siete Locos, y en 1931, Los Lanzallamas. Por entonces también escribía para los diarios Critica y El mundo. Sus columnas diarias Aguafuertes porteñas aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. En ellas se divertía contando sus amistades con “rufianes, falsificadores y pistoleros”, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina. Sin embargo, la muerte de Arlt, con tan solo 42 años, pasó casi inadvertida para la prensa.
Alfonsina
Niña desobediente y transgresora, huérfana de padre a los 14 años, lavaplatos y mesera de un bar, cantautora, maestra, obrera en una fábrica de gorras, secretaria, farmacia, escritora, periodista, madre soltera a los 19 años, feminista. Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892 en un cantón de la Suiza italiana y fue criada en la provincia de San Juan y luego en Santa Fe. Mientras ejercía la docencia, en 1910, publicó sus primeros poemas en el mundo rosarino y “Monos y monedas”.
Dos años después nacía su hijo, Alejandro Alfonso, con quien se mudó a Buenos Aires. Vivió en muchísimas casas, incluyendo tres de Flores, el barrio que siempre la recuerda. Una es la calle José Bonifacio 2011, otra en Esteban Bonorino esquina Lobos, y la tercera en Terrada 578. Fue en una habitación que alquilaba en ésta última – no tenía una buena posición económica y solía ser ayudada por otros escritores – donde la poeta vivió con su hijo los últimos cuatro años de su vida.

“Era muy común verla recitar sus obras en el viejo Cine Minerva (actual local bailable en Rivadavia y Nazca)”, recordaba hace unos años la poeta y vecina de la calle Artigas Lila Duffau de Rabaudi. Tiempo después le diagnosticaron una fatal enfermedad, viajó a Mar del Plata y se dejó tragar por el mar el 25 de octubre de 1938. Horas antes había escrito su último soneto, “Voy a dormir”.
Baldomero Fernández Moreno
Nacido en Buenos Aires el 15 de noviembre de 1886, Baldomero respiró y probó primero otros aires antes de adoptar los porteños. A los seis años, fue llevado a España, vivió en Barcelona hasta 1896, y desde entonces, en Madrid, donde realizó sus estudios secundarios. A fines de 1899 regresó a la Argentina, ingresando a la Universidad de Buenos Aires, siguió los estudios hasta graduarse de médico en 1912 y, tras hacer la residencia en cirugía en el Hospital Español, cargó el maletín y se ubicó en Chascomús.
En 1935, Baldomero obtuvo el primer Premio Nacional de Poesía. Con esos 20.000 pesos adquirió tres años después la casa de Flores en Bilbao 2384, esquina Robertson. Se trata de una imponente construcción de planta baja, dos pisos y de casi 300 metros cuadrados, que tiene una mansión melliza justo al lado.
Pero la del escritor posee un detalle estructural bastante curioso: a la parte alta se puede acceder tanto por una escalera interior como por otra que está afuera, en el jardín. Sus cuartos y muebles, sus hijos en ellos, las veredas, fueron incorporados por el coleccionista de cafés y barrios. Tuvieron para él mayor importancia que su designación en la Academia Argentina de Letras (1939), y que el Gran Premio de Honor que le otorgó la SADE en 1949, poco antes de su muerte, a causa de un derrame cerebral. Impecablemente vestido con trajes oscuros, acostumbraba a salir alrededor de las 19 horas con rumbo a la Plaza Pueyrredón, y se dirigía casi siempre a la vieja confitería “La Perla de Flores” (hoy “San José de Flores”), en Rivadavia esquina Rivera Indarte, donde se sentaba, si era posible en una misma mesa, a escribir mientras bebía su infaltable café.
Oliverio Girondo
Apenas seis libros desde el inicial Veinte poemas para ser leídos en el tranvía le alcanzaron a Oliverio Girondo (1891-1967) para articular una voz singular que aportó a la poesía una renovación de Oliverio apostó a que vendería cinco mil ejemplares de Espantapájaros y para presentarlo se le ocurrió una idea muy original: primero, realizó una réplica del espantapájaros con galera y monóculo en papel maché; después la colocó en una carroza fúnebre; y finalmente la hizo desfilar por las principales calles de Flores y de todo Buenos Aires, tirada por seis caballos. Unos años antes, este poeta caracterizado por ser elitista, vanguardista y hasta surrealista había advertido en su poema “Exvoto” que las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se pudran, como manzanas.
Canela
Periodista, conductora, locutora y escritora, estudió Letras Modernas en la Universidad de Córdoba, aunque le faltaron algunas materias para terminar y ella ya tenía mucho trabajo como profesional. Es integrante de la Academia Argentina de Artes
Canela vivió más de medio siglo en Flores, barrio del que conoce todos sus secretos, y tal es el cariño que le tuvo que en su bicentenario decidió filmar un documental sobre su historia como una “declaración de amor”.
“Senti que estaba en deuda con el barrio. Si bien instalé mi productora a una cuadra de casa y cotidianamente camino por sus calles, me di cuenta que, en realidad, desconocía la verdadera historia de Flores. Por ese motivo, siento que hacer este video es una declaración de amor y de pertenencia al barrio”, le decía la vecina a Flores de Papel en 2006, y agregaba: “puedo asegurar que terminé queriendo a esta calle Bacacay. Incluido el vetusto edificio de enfrente (Hogar Dorrego), las casas tomadas que hay en la cuadra, las prostitutas… en fin, todo eso es mi barrio, y lo quiero como tal”.

César Aira
Para la crítica internacional, César Aira es uno de los escritores más prestigiosos de nuestro país y “el mejor escritor argentino vivo”. Este vecino que huye de la fama y gusta de fabular sus historias fue nominado entre los diez mejores autores traducidos al inglés para obtener el Man Booker International Prize 2015, el premio más prestigioso en esa lengua; y unos meses antes, el autor de El Pelícano –entre otras 130 novelas breves– había recibido en Francia el Roger Caillois que distingue la obra de escritores de América Latina. Nacido en 1949 en Coronel Pringles, se instaló en un departamento de la calle Bonorino en 1967 para no alejarse más. En sus obras de “realismo delirante” aparecen los gimnasios del barrio, los mendigos de la Avenida Rivadavia, la villa del Bajo Flores y el Colegio Misericordia.
“Escribo en los cafés porque necesito levantar la vista cuando estoy escribiendo. Necesito que se ventile el cerebro mirando a la gente, a los autos, llamando al mozo. Yo no me concentro, yo me desconcentro para escribir”. Su obra logró deslumbrar al primer mundo. Prueba de ello fue la elogiosa reseña que la estrella rockera Patti Smith publicó en The Sunday Book Review, el suplemento cultural de The New York Times, sobre The Musical Brain, traducción de los Relatos reunidos de Aira que Mondadori publicó en 2013. Un artista ya consagrado que, aunque huye de su estatua, continúa enalteciendo al barrio.
Alejandro Dolina
Una plaza lleva parte del nombre de su principal obra: El Angel Gris. Alejandro Dolina nació en Morse y vivió siempre en Caseros. Terminó el secundario en el Nicolás Avellaneda y, por seguir a sus compañeros, hizo algunos años de Derecho en la UBA. A fines de la década del 80, asomaron sus Crónicas del Ángel Gris, uno de los best sellers de la segunda mitad del siglo XX, ambientado en Flores. Lejos de lo que muchos suelen pensar, Dolina nunca vivió en el barrio, aunque se puede decir que lo conoce de memoria.






