Calles: La Porteña, secretos y curiosidades

A metros de Plaza Flores, el Pasaje La Porteña rompe la cuadrícula urbana y esconde secretos centenarios. Desde la antigua mansión de la familia Agar hasta la leyenda de los túneles subterráneos bajo la Escuela Fader: un recorrido por la cuadra más misteriosa del barrio.

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Entre Rivadavia y Yerbal, en pleno corazón del barrio porteño de Flores, a 300 metros de la Plaza Flores, hay una calle de una sola cuadra que parece suspendida en otra época.

Quienes caminan por allí rara vez imaginan que bajo sus pies puede haber un túnel centenario y, sobre todo, una historia que conecta a Buenos Aires con su pasado más oculto.


El pasaje La Porteña es uno de esos lugares donde el trazado perfecto de la ciudad se rompe. A diferencia del damero porteño, esta calle corta la cuadrícula con una naturalidad misteriosa, casi como si hubiera estado ahí antes que el resto.

En silencio, guarda la memoria de un barrio que alguna vez fue una villa de descanso y hoy late en medio del tránsito. Su origen se remonta a una antigua casaquinta llamada “Las Lilas”, levantada antes de 1885.

Allí vivió la familia Agar, cuyos descendientes vendieron la propiedad a comienzos del siglo XX. La mansión aún se conserva y hoy funciona como la Escuela Técnica N.º 6 Fernando Fader, una de las más tradicionales de la zona. El especialista Pablo R. Bedrossian, autor de un blog sobre la ciudad, señala que estos pasajes ocultos son parte de “una Buenos Aires paralela, hecha de calles cortas, historias familiares y leyendas que no aparecen en los planos turísticos”.


La historia del Pasaje La Porteña en Flores


Según los historiadores, el pasaje se trazó en 1924, cuando la quinta fue subdividida en 29 lotes. Primero se llamó Intendente Noel, luego Faraday y finalmente adoptó el nombre La Porteña, en honor a la primera locomotora que recorrió Buenos Aires.

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Sus veredas y casas bajas sumadas a los murales coloridos que decoran los paredones del colegio mantienen un encanto singular. Del lado izquierdo domina la vista de la fachada de la Escuela Fader, parcialmente oculta tras murales estudiantiles y un mosaico del maestro Manino Santamaría.


En la vereda opuesta, las viviendas de estilo art nouveau y art déco resisten al paso del tiempo. Una de ellas, pintada de amarillo mostaza, se volvió postal del pasaje y fondo habitual de las fotos de los vecinos.


Bajo el patio de la escuela, un aljibe intacto y una cisterna de ladrillo conducen a un sistema subterráneo que despierta la imaginación de vecinos y alumnos. Allí se habría descubierto un túnel que, según se cree, llega hasta la Basílica de San José de Flores.


Nadie sabe cuándo ni por qué se construyó. Algunos sostienen que servía para resguardarse durante los malones; otros, que permitía asistir a misa sin embarrarse los días de lluvia.

Lo cierto es que nadie ha podido recorrerlo por completo, y las teorías se multiplican con el paso de los años. Más allá de su misterio, La Porteña sigue siendo una joya escondida entre avenidas y bocinazos.

Una cuadra de la historia porteña que recuerda que, bajo el ruido de la ciudad moderna, todavía late la historia de un barrio que fue pueblo y conserva su alma.

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