Flores sigue perdiendo árboles mientras la Ciudad habla de plazas de bolsillo
Mientras la Ciudad debate crear plazas de bolsillo, en Flores se siguen tapando planteras y talando árboles en las veredas de todos los días.

Mientras en la Ciudad se discute cómo ganar espacios verdes nuevos, en el barrio de Flores el problema es otro: estamos perdiendo, vereda por vereda, el arbolado que ya teníamos. Ya lo contamos acá: sobre Rivadavia, los grandes locales cementan las planteras para que el árbol no les tape la vidriera.
En Bonifacio y Bonorino, una cuadrilla trucha taló un árbol sano de un día para el otro, sin expediente ni razón fitosanitaria. No es un hecho aislado — es un patrón, y lo veníamos denunciando antes de que se pusiera de moda hablar de “plazas de bolsillo”.
El contexto porteño ayuda a entender la magnitud: 350.000 personas en toda la Ciudad, uno de cada diez porteños, no tienen una plaza a menos de 400 metros de su casa. Buenos Aires promedia 5,13 metros cuadrados de espacio verde por habitante — muy por debajo de Rosario (12), San Pablo (11,58) o Bruselas (30).

Lo que sí importa para Flores es el criterio que empuja el analista Emmanuel Ferrario: no alcanza con medir metros cuadrados totales, hay que medir distancia. La norma “3-30-300” propone que desde cada casa se vean al menos tres árboles, que el 30% del barrio tenga verde, y que haya un espacio verde a menos de 300 metros. Es una aspiración, no una ley — pero explica por qué un barrio con plazas grandes puede, aun así, estar perdiendo verde real: el que se cementa en las veredas de todos los días.
Ahí entra el concepto de “plaza de bolsillo”, que en otros puntos de la Ciudad ya empezó a discutirse como alternativa frente a la falta de terrenos grandes disponibles. El modelo con número puesto es el de Londres: entre 2012 y 2015, dos millones de libras para crear 100 plazas de bolsillo en baldíos y terrenos residuales del tamaño de una cancha de tenis. La lógica de fondo no requiere un lote gigante ni una ley nueva — requiere, primero, dejar de sacar lo que hay. Y en eso Flores no necesita esperar ningún proyecto legislativo: cada plantera que se salva de una remodelación de vereda ya es, a su escala, una plaza de bolsillo que no hizo falta construir porque nunca la destruyeron.
La pregunta que queda es simple: ¿va a hacer falta que Flores pierda tanto verde como para necesitar un rescate a la Almagro, o alcanza con que alguien controle qué pasa cada vez que una vereda se remodela sobre Rivadavia?





