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Personajes

Guillermo Roux: “Le he encontrado sentido a la vida a través del dibujo”

Pone sobre la mesa un cepillo y una caja llena de cuadernos Moleskine. Me invita a tomar uno al azar. Son nueve. Abro el primero y veo páginas y más páginas de dibujos trazados con mano firme, fechados en el margen superior.

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Pone sobre la mesa un cepillo y una caja llena de cuadernos Moleskine. Me invita a tomar uno al azar. Son nueve. Abro el primero y veo páginas y más páginas de dibujos trazados con mano firme, fechados en el margen superior. Cada uno de ellos reclama atención exclusiva, pero apabulla la cantidad. Estos dibujos son el fruto del insomnio. Cada noche, de las 2 a las 4 de la mañana, Guillermo Roux abre los ojos, toma el Moleskine y empieza a dibujar con una birome negra, sin vuelta atrás. “No creo mucho en las palabras -dice-. Sólo a través del dibujo voy reconociendo las cosas. Las formas me hablan, me transmiten una sensación, y yo creo en esa sensación. Le he encontrado sentido a la vida a través del dibujo.”

A sus 87 años, Roux parece haber alcanzado una suerte de plenitud donde vida y arte se confunden. Transmite un entusiasmo que cualquier joven envidiaría. Acabo de ver, en su estudio, un autorretrato en el que está trabajando. Ahora cuenta que traza al menos un boceto por día. ¿De dónde viene la fuerza que lo empuja a crear? “No pienso en por qué ni en para qué. Lo que hago es liberar el impulso. Ese impulso me ha sostenido siempre y es un don que no me pertenece. Es un regalo de mis padres, de sus genes.”

Su padre le legó algo más que los genes. Primero, un oficio. De chico, en su casa de Flores, Roux lo veía dibujar una tira diaria que hacía para el diario La Razón. A los 13, por imitación, el maestro empezó a dibujar para las revistas de Dante Quinterno. Ésa fue su escuela. Muchos años después heredaría una herramienta que hoy está siempre junto a sus pasteles y carbonillas: un cepillo de peluquero que su padre usaba para limpiar la hoja cuando borraba sus bocetos en lápiz, una vez que los delineaba en tinta sobre la cartulina Bristol, la mejor que había entonces. Este cepillo que Roux puso sobre la mesa, junto a la caja con sus cuadernos, lleva más de 80 años en funciones.

Está muy negro -observa-. Debería lavarlo, pero sería como sacarme las arrugas. Son las marcas de la edad, lo que hemos sabido construir. Ese negro de las cerdas es lo que el cepillo ha vivido. Casi un siglo.” Cuando el pintor habla de arte, habla de la vida. Lo mismo sucede con el cepillo: “A medida que pasa el tiempo uno advierte que en el objeto quedan rastros. Uno salva esos rastros y así trae al presente lo que sólo eran recuerdos. El tiempo trabaja con un cepillo tanto como con las personas”.

Pero Roux no vive de nostalgias. Cuando toma el cepillo lo que ve es la prolongación de un gesto, aquel con el que tanto su padre como él despejan los restos de goma de borrar para que el dibujo se imponga sobre la hoja. Lo dice en presente. Tal vez su padre esté vivo en la continuidad de ese gesto, en el que también hay un diálogo con las raíces, un reconocimiento de la tradición, una valoración del lugar de donde venimos. “Este sentido de continuidad es parte esencial de la construcción de nosotros mismos -dice-, pero también de cualquier sociedad.”

Desde la mesa, a través del ventanal, veo parte del mural que Roux pintó en el piso y las paredes de su pileta: una figura femenina llena de símbolos y alusiones. Le pregunto qué representa. Me dice que el sentido se revela a medida que construye la obra. Tras varios meses de trabajo dentro de la pileta, cuenta, salir de allí cuando el mural estuvo terminado fue para él y sus dos asistentes como abandonar la seguridad del útero materno. Todos tenían asuntos cruciales que atender. “Había que dejar el adentro y salir afuera. Enfrentar la realidad de la vida reconociéndonos vulnerables”, dice. Una vez más, le pregunto por el arte y habla de la vida. Roux toma el objeto que nos convocó y dice: “Este es mi Rosebud. De todo esto, lo que importa es este cepillito“.

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