Flores 2056
Lucía D´Anna Urteaga imagina Flores en 2056: autos eléctricos, vecinos que crían animales como hijos y la misma barrera del tren que sigue demorando.

Rocío esperaba poder cruzar la barrera del tren más rápido que el día anterior, cuando se había demorado media hora. No ha cambiado mucho desde mi adolescencia, pensó, acompañada musicalmente solo por la chicharra que le indicaba detenerse. Sin embargo, muchas cosas se habían transformado en esos treinta años.
Quizás ella no se acordaba de que la mayoría de los automóviles funcionaban con nafta o a gas. En 2056, Rocío y todos los que esperaban cruzar las vías lo hacían con autos eléctricos. El gobierno había industrializado, por lo que las fábricas de estos se encontraban en todo el país. La mujer sabía que ya no hacía falta importar porque, supuestamente, Argentina se encontraba en su mejor momento y poseía cualquier artefacto que necesitara.
¿Cuánto más va a tardar?, se desesperaba. Artigas y Yerbal podrían denominarse las calles en las que ella detestaba situarse. En ese momento, se encontraba allí para dirigirse al club donde entrenaba su hija. Si tan solo el tren volara, como nos prometieron en nuestras infancias a los de mi generación Z.

Abrumada, posó la vista en unas muchachas que amagaban a cruzar en rojo, a modo de broma entre ellas. Cada una portaba un animal diferente: perro, gato, gallina, vaca. Rocío no se sorprendió. Estaba acostumbrada, o mejor dicho, se había tenido que acostumbrar, a vivir en un barrio donde la mayoría era vegana y disfrutaba la compañía de cualquier animal, no como mascota, sino como hijo. Su sobrino, de una edad similar a la de aquellas muchachas, es decir, entre 25 y 30 años, había adoptado una familia de cerdos que compartían departamento con él.
Muchas cosas habían cambiado y solían tener impactos positivos en la sociedad, tanto en lo tecnológico, con relojes, televisores y celulares con menos limitaciones, como en el aspecto emocional de las personas. Los jóvenes contrastaban con los adultos de la tercera generación, que no solían expresar sus sentimientos por miedo a ser reprimidos. Los niños, como la hija de Rocío, eran más conscientes de sus emociones, y en los colegios les enseñaban a mostrarlas y comunicarlas de forma asertiva.
¿Ya estará por abrir?, se preguntó nuevamente la mujer. Aunque le fascinaba ver jugar a su hija al fútbol, ya que no se permitía perderse sus eventos más importantes, siempre debía salir del barrio. No había, al igual que en su época, estadios con canchas de fútbol en Flores. Y a los otros les costaba seguir su ritmo. Por ese motivo, tres veces por semana, Rocío solía recogerla de un club cruzando la barrera.
Luego de veintinueve minutos (por suerte había superado por un minuto a su versión del día anterior), aceleró para dejar atrás la barrera, aun sabiendo con angustia que debería volver a cruzarla cuando regresara con su hija, quien, con su camiseta transpirada, le contaría momentos y jugadas que no había percibido desde la tribuna.





