Informe Exclusivo: La paradoja de Flores, un barrio que envejece mientras su villa crece
Mientras la población urbana tradicional muestra un estancamiento demográfico, la Villa 1-11-14 experimenta una expansión explosiva. Los datos revelan una fractura social profunda: uno de cada tres habitantes del barrio vive en el asentamiento.

El barrio de Flores, corazón geográfico de la Ciudad, enfrenta un desafío que va mucho más allá de lo urbanístico. Los números fríos de los últimos censos exponen una realidad dual que los cambios de nomenclatura —como el paso de “villa” a “Barrio Padre Ricciardelli”— no logran ocultar. Flores vive una paradoja demográfica: una ciudad formal que envejece en silencio y una ciudad informal que crece a un ritmo vertiginoso.
El envejecimiento silencioso
Si analizamos la “población urbana” tradicional de Flores, los datos muestran un freno de mano. Entre el censo de 2001 y el de 2022, el crecimiento fue marginal: pasó de 142.695 habitantes a 151.440.
Este aumento lento esconde un fenómeno cualitativo: el envejecimiento. En las manzanas formales del barrio, la tasa de natalidad baja y la franja etaria mayor de 65 años gana terreno. Es un barrio consolidado donde la renovación generacional es lenta.

La explosión de la 1-11-14
Cruzando la avenida Perito Moreno hacia el sur, la foto es opuesta La Villa 1-11-14 ha sostenido un crecimiento demográfico explosivo, impulsado en gran parte por olas migratorias de países limítrofes y la crisis habitacional de la Ciudad. Mientras la ciudad formal se estancaba, los asentamientos porteños crecieron más de un 50% en las últimas décadas, y la 1-11-14 fue protagonista central de esa expansión.
Hoy se estima que alrededor de 50.000 personas residen dentro de los límites del asentamiento.
El dato que impacta: el 30%
Si cruzamos los datos, la conclusión es contundente. Considerando una población total de aproximadamente 151.000 habitantes y una población en la villa de 50.000, la estadística revela que más del 30% de la población de Flores vive en la villa.
Esto significa que, efectivamente, uno de cada tres vecinos del barrio reside en condiciones de informalidad o precariedad.
La brecha de servicios e infraestructura
Este tercio de la población vive una realidad paralela en términos de acceso. Mientras el Flores urbano cuenta con servicios básicos garantizados (educación, salud, empleo formal), la población de la villa enfrenta déficits estructurales en saneamiento, electricidad segura y agua potable.
La solución requiere abandonar el maquillaje urbano. No alcanza con cambiar el nombre del barrio. Es necesario implementar políticas de fondo: inversión real en infraestructura pesada, programas de capacitación laboral y una coordinación interinstitucional que asuma que Flores no es un barrio homogéneo, sino un territorio donde conviven dos velocidades muy distintas.





