La historia oficial marca que el 31 de mayo de 1806 se dispuso erigir una capilla cabecera de un nuevo Curato dedicado a San José. La construcción fue propiciada por Ramón Flores, dueño de los terrenos, quien donó una manzana sobre el Camino Real (actual Rivadavia) y otra enfrente para una plaza. Así nació el pueblo. Más de dos siglos después, la fisonomía cambió drásticamente, pero su esencia sobrevive. En esta edición especial, repasamos los diez pilares que marcaron a fuego el desarrollo de Flores.
1. El Pacto de San José de Flores
Un acontecimiento que trascendió los límites del barrio para definir al país. El 11 de noviembre de 1859, la Confederación Argentina y Buenos Aires (que actuaban como estados soberanos separados) firmaron el acuerdo que reincorporó a la provincia a la Confederación. Tras la batalla de Cepeda, las tensiones se resolvieron por vía diplomática en la casa-quinta de Terrero, ubicada en Rivadavia, entre las actuales Boyacá y Donato Álvarez.

2. Los guardianes del barrio: el cementerio y el cuartel de bomberos
Flores conserva uno de los tres únicos cementerios públicos activos de la Ciudad (junto a Recoleta y Chacarita). Habilitado en su ubicación actual el 9 de abril de 1867, ocupa 27 hectáreas y es la memoria de piedra del barrio. Por otro lado, la protección activa recae en la División Cuartel VII “Flores” (Ramón L. Falcón 2255), que este año cumple 120 años de servicio ininterrumpido desde los tiempos de las bombas a caballo, una historia hoy resguardada en su propio museo.
3. La revolución del transporte: del tren al subte
Ese pueblo que era parada de carretas hacia Luján se transformó en un nodo neurálgico. En 1857 llegó el Ferrocarril Oeste (hoy Sarmiento) con la mítica locomotora “La Porteña”, recibida por una multitud en la Plaza Flores. En el siglo XX y XXI, la conectividad se consolidó bajo tierra: la Línea E llegó en 1944 (y a Plaza de los Virreyes en 1986), el Premetro se inauguró en 1987, y finalmente, la histórica Línea A alcanzó las estaciones San José de Flores y San Pedrito en 2013.

4. Anclas de salud pública: los hospitales Álvarez y Piñero
El crecimiento demográfico exigió infraestructura sanitaria de peso, y Flores respondió con dos gigantes. En mayo de 1901 se inauguró el Hospital Teodoro Álvarez, concebido inicialmente en pabellones para aislar enfermedades de la época. Años más tarde, en 1917, abrió sus puertas el Hospital Parmenio Piñero, nacido del legado y la donación de este vecino ilustre, convirtiéndose ambos en baluartes de la salud pública en la zona sur y oeste de la Capital.
5. Las “Casitas Municipales” y el urbanismo obrero
Un microclima de veredas angostas y pasajes que resiste al bullicio comercial. Nacidas de la Ley de Casas Baratas en la década de 1920, buscaron ser una solución de vivienda digna para obreros e inmigrantes. Los barrios Varela (640 casas desde 1924) y Bonorino (902 desde 1926) siguieron un modelo de petit hotel holandés. Hoy, como señala el libro de Roberto D’Anna, conforman un enclave residencial codiciado y patrimonial.

6. El ecosistema diverso: migración y fe
Flores no se entiende sin sus inmigrantes ni sin sus credos. La llegada de las colectividades boliviana, peruana, paraguaya, armenia y coreana (asentada masivamente cerca de Carabobo desde 1965) reconfiguró la cultura y la economía local. Esta diversidad se refleja en los más de 50 templos que conviven en sus calles: desde la centenaria Iglesia Evangélica Bautista y la Congregación Armenia, hasta la Primera Iglesia Presbiteriana Coreana y la emblemática Basílica Católica.
7. El Barrio Padre Rodolfo Ricciardelli (Ex 1-11-14)
El Bajo Flores alberga a uno de los barrios populares más densamente poblados de la Capital. Bautizado oficialmente en 2020 como Barrio Padre Rodolfo Ricciardelli (dejando atrás la denominación numérica 1-11-14), es el resultado de décadas de migración interna y de países limítrofes. Con construcciones de ladrillo que desafiaron los antiguos bañados y se elevan hasta cinco pisos, su urbanización e integración siguen siendo uno de los mayores desafíos sociopolíticos de la Comuna 7.

8. Los “Rompebarrios”: la Autopista y el Polo Comercial
Dos fenómenos fracturaron la fisonomía residencial tradicional de Flores. Por el cielo, la Autopista 25 de Mayo (inaugurada en 1980) partió el barrio en dos, generando barreras físicas y zonas marginadas bajo sus viaductos. Por la tierra, el centro comercial de la Avenida Avellaneda estalló en las últimas décadas, desbordando sus límites originales para convertirse en un polo textil de alcance nacional, trayendo consigo dinamismo económico, pero también graves problemáticas de espacio público, talleres irregulares y colapso de tránsito.
9. El legado definitivo: la cuna de un Papa
El fallecimiento de Jorge Mario Bergoglio consolidó su figura en los libros de historia, y su punto de partida fue Flores. El primer Papa latinoamericano no solo nació en la calle Varela 268, sino que forjó su vocación en el barrio: estudió en el colegio Cerviño, jugó en sus plazas y tuvo su revelación espiritual en la Basílica de San José. Hoy, su legado trasciende el anecdotario y posiciona al barrio en el mapa mundial a través del histórico Circuito Papal.

10. La preservación de la memoria
Llegar a los 220 años exige no perder el rastro de lo que fuimos. Frente al avance inmobiliario y los cambios demográficos, la identidad de Flores se mantiene viva gracias al trabajo de archivo y resguardo de sus instituciones. Espacios como el Museo Barrio de Flores se han convertido en la trinchera cultural necesaria para que los vecinos, desde los fundadores hasta los recién llegados, entiendan qué significa caminar por estas calles.






