“Tarta y mantequilla de Caperucita”: El nuevo cuento de Luchi D’Anna

Nuestra columnista más joven (15 años) y vecina de Flores, vuelve a sorprendernos. En esta entrega, Luchi se anima a reescribir un clásico universal, pero con una protagonista que toma las riendas de su propio destino.

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Caperucita Roja abrió la puerta siguiendo las indicaciones que le daba el lobo con voz de abuela. Tiró de la aldabilla y cayó la tarabilla. Sintió el mismo olor de antes, ese que había invadido su olfato cuando conversaba con el lobo. Se había impregnado en el hogar de la señora y, sobre todo, en sus sábanas.

Caperucita no tardó más en percatarse de la presencia de la fiera. Evitó comentarios sobre su cuerpo como “qué orejas, ojos, boca más grandes tienes”. El lobo podría ofenderse y matarla a ella también. Lo único que necesitaba era rescatar a su abuelita con vida.

Tenía muchísimo miedo de fallar y perder a la viejita que tanto la amaba. Debía actuar con calma, por lo que C. Roja lo saludó simpáticamente, tratándolo como si fuese su abuela. No tardó en ofrecerle la tarta y la mantequilla.

El lobo se relamió la boca. Se veía que no le bastaba con comerse a la anciana.

— Debes esperar un poco para engullirme a mí. Te conviene que primero ponga la mesa, corte las porciones de torta y haga tu riquísimo licuado con mantequilla —propuso ella.

El de pelaje gris admitió que la niña tenía razón. ¿Cómo podría él servir el banquete con sus torpes patas? Menos que menos preparar su malteada, por lo que esperó impacientemente.

Juntos, disfrutaron los alimentos que la muchacha había sacado de su canasta. El plan iba tan bien que él ni siquiera se percató de las intenciones en su contra. Sin embargo, Caperucita Roja seguía con bastante miedo. ¿Qué pasaría si nunca más veía a su familiar?

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El lobo estaba por aproximarse a la jovencita, cuando ella le susurró:

— Lobo, ¿acaso no te parece mejor comerme cuando de veras tengas hambre? Esta tarde ya te has alimentado bien, así que podrías dormirte y dejarme para mañana.

El can obedeció una vez más. Entró a la cama, se tapó con las sábanas y cayó dormido enseguida. La combinación entre la abuelita y las delicias lo hacían adormecer más rápido. Caperucita también tenía sueño por haber disfrutado el banquete casero.

Aun así, no se acostó, sino que tomó el cuchillo con que había cortado las porciones de torta. Sigilosamente, trazó con éste una circunferencia ovalada en la panza del lobo.

No se necesitaba ningún leñador para rescatar a la abuela. Ella logró abrir la barriga y volver a abrazar a la anciana.

— ¡Qué dulces las delicias que me trajiste! —exclamó la que había sido víctima de la fiera.

Su nieta no entendió a qué se refería (tampoco estaba en condiciones de pensarlo demasiado con el otro tan cerca) y ordenó que ambas trasladaran a puro músculo la cama al exterior de la casa con el lobo aun dormitando.

Cuando éste se despertó por la lluvia que caía en aquel bosque, se encontró mojado y con el estómago completamente vacío, ya que la señora había comido la tarta y la mantequilla desde el interior de su panza.

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Lucía D´Anna Urteaga

Vecina de Flores y autora de ficción. Forma parte de la redacción de Flores de Papel desde 2021.
A través de sus cuentos, aporta una mirada joven y creativa a la cultura del barrio, construyendo un espacio de literatura propia desde temprana edad.

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